CAPITULO 6

CULTURAS EMOCIONALES Y CULTURAS RACIONALES
TEORÍA TERMODINÁMICA DE LA INTELIGENCIA
INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1.- Energía, entropía y autoorganización.

CAPÍTULO 2.- Sistemas abiertos y sistemas vivos.

CAPÍTULO 3.- Homeostasis: Inteligencia biológica

CAPÍTULO 4.- Información y redes neuronales

CAPÍTULO 5.- Razón e intuición.

CAPÍTULO 6.- Culturas emocionales y culturas racionales.

CONCLUSIÓN


BIBLIOGRAFÍA
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  En los animales, la conducta que deriva de la inteligencia biológica da lugar a ecosistemas perfectamente equilibrados donde individuos y grupos de individuos se comportan dentro de los límites marcados por tres necesidades básicas: alimentación, evitación de peligros y reproducción. Se puede decir de los animales que sus culturas son de tipo contraentrópico y emocional, ya que toda su conducta viene determinada por la necesidad de satisfacer los impulsos de la regulación homeostática.

   En el hombre, la inteligencia homeostática o biológica también se manifiesta en la conducta de los individuos como una
inteligencia emocional contraentrópica (la prioridad es la evitación de la degradación y la entropía).

   En las culturas primitivas, aunque la capacidad racional comenzaba ya a despuntar (patente en los utensilios y arte rupestre), aún el psiquismo de los individuos se encuentra casi permanentemente en modo emocional, dando prioridad a las compulsiones del instinto y a las necesidades inmediatas. La mente emocional indica
“qué” hacer, mientras que la mente racional va elaborando maneras cada vez más eficaces y sofisticadas de “cómo” hacerlo. En principio son los utensilios o tácticas de caza, luego el pastoreo, la agricultura, técnicas de construcción, etc.
  Con el aumento exponencial de nuevos conceptos, el efecto del autismo se hace cada vez más frecuente. Convirtiéndose poco a poco en una herramienta difícil de manejar, junto con la creciente incertidumbre que a nivel fisiológico acarrea el uso cada vez más continuado de la mente racional (interferencia en el sistema inmune, enfermedades, estrés y angustia provocados por extrapolaciones indebidas, etc.), pudo conducir a un creciente número de errores y defectos de comportamiento, hasta entonces fenómeno extraño en la Naturaleza.
   La intuición (llamada revelación por la cultura del hemisferio derecho) llevó a los primeros hombres y mujeres a someterse a una disciplina de comportamiento severa para evitar que la conducta racional, propensa al error y a maquinaciones exentas de escrúpulos, llegara a sobrepujar a la en sí beneficiosa pero ingenua y comparativamente aburrida conducta emocional. Se crearon códigos y se redactaron mandamientos del más alto rango social, es decir, sagrados, donde la preservación para el bien común de los principios derivados de la inteligencia biológica fueran los principales objetivos.

   En comparación con el lento progreso en periodos anteriores, las sinergias que surgen del crecimiento de la población hacen que el desarrollo de la capacidad racional sea espectacular en sólo unos pocos milenios: Las construcciones se multiplican, los conocimientos sobre el mundo se extienden hasta donde alcanzan los instrumentos y posibilidades físicas. La mente racional busca explicación o causa para todo, creando mitos y leyendas allí donde no pudo encontrarla. Aún así, fueron tiempos en los que la “mente emocional” motivaba la acción tanto de individuos como de los grupos sociales, mientras la mente racional tenía un papel mas “ejecutor” que “motivador”. Las culturas emocionales tuvieron en la Alta Edad Media su batalla final ante el empuje de la cultura racionalista, cuando se vieron desbordadas por la incapacidad de dar soluciones a enormes problemas logísticos, estratégicos y sociales.

   El fin de la Edad Media trajo consigo un cambio primordial: la
mente racional o entrópica asume los destinos del Hombre, con todas sus consecuencias. La cultura cristiana occidental fue capaz de transformarse en una cultura humanista donde la razón motivaba el “qué hacer”, mientras la cultura emocional era relegada a la ética del “como hacer”: se invirtieron los papeles de ambas culturas, y el paradigma directriz pasó de ser “El Hombre como individuo ante Dios” a “El Hombre como Sociedad”.
   El cambio era inevitable, pero fue también incompleto. Una sociedad racionalista puede y debe librarse, por definición, de los miedos irracionales que atormentaban a las antiguas culturas emocionales: El miedo a carecer, el miedo al enemigo, el miedo a no ser. Pero estos temores están aún presentes y se evidencian continuamente.

   La consecuencia de todo ello es que los fines y los medios se han invertido: la sociedad occidental en su conjunto se ha convertido en un
sistema racional entrópico donde, principalmente en el ámbito social, la motivación ya no surge primariamente de las necesidades homeostáticas de los seres humanos y de todas las especies vivas del planeta (que han quedado en meras referencias secundarias, casi estadísticas), sino de las necesidades homeostáticas de las creaciones de cultura racional: Los estados, las empresas y las instituciones.

   La forma de vida occidental se ajusta, pues, al modelo termodinámico de un sistema abierto entrópico: consume enormes cantidades de energía sin necesidad real, contamina sin sonrojarse, ve desaparecer especies con indiferencia y metaboliza eficazmente todo intento de cambio; evita la transparencia total de la gestión pública, desinforma el criterio de los individuos, y beneficia a los hombres y mujeres que la integran por efecto secundario y estadístico, no por interés primordial. La civilización resultante deja a su paso individuos enfermos, estresados y alienados, muchos simplemente avergonzados de mostrar sus verdadera naturaleza emocional, y la mayoría anhelantes de otra forma de vida, fácil de concebir pero imposible de conseguir. Sólo la iniciativa de individuos con espíritu altruista y pequeños grupos concienciados se enfrentan decididamente (con más espíritu que medios) a los problemas puntuales, mitigando heroicamente los síntomas del problema pero sin poder jamás erradicarlo.

   No está en nuestro ánimo juzgar, pero sería una irresponsabilidad dejar de señalar sin paliativos la causa de la enfermedad y sólo recomendar remedios puntuales (políticamente correctos) para aliviar los síntomas. La realidad es la que es: Existe un desajuste entre las capacidades de la inteligencia racional y las responsabilidades que ésta ha asumido. Su habilidad y valor de utilidad está en extrapolar y calcular datos matemáticos, pero no puede de ninguna manera integrar emociones ni prever las consecuencias a largo plazo de sus actuaciones en ámbitos sociológicos o ecológicos. Ha quedado bien patente en los últimos siglos que sólo en contadas ocasiones la inteligencia racional ha podido resolver un problema sin traer otros para los que no tiene solución, creando así una cadena de problemas sin resolver cuyo final es, naturalmente, la entropía intrínseca en su propia naturaleza. La actitud de los gobiernos ante la problemática medioambiental (producida por un sociedad de consumo guiada por una economía de mercado depredadora y sin escrúpulos) es de arrogante desentendimiento. Como ejemplo paradigmático, Estados Unidos se ha negado a firmar el tratado de Kioto para la reducción mundial de emisiones contaminantes porque simplemente “no le conviene a la economía” de aquel país (en palabras del presidente G. Bush).

   El panorama es preocupante pero no desesperado. La gran reserva de inteligencia emocional disponible en el mundo puede cambiar radicalmente las prioridades en los círculos y foros donde se decide el rumbo de  la sociedad. El providencial surgimiento de Internet puede crear sinergias entre la población mundial de dimensiones y consecuencias insospechadas. El mero hecho de que los individuos sean conscientes de la trascendencia de este conocimiento puede facilitar que las decisiones clave se tomen siempre con atención prioritaria los intereses genuinos de la población.
(c) 2003 Miguel J. Becerril
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