| CONCLUSIÓN |
| Si la inteligencia tiene una función específica en el ser vivo, entonces es un órgano, un órgano virtual. Los órganos fisiológicos, como el corazón o los pulmones, se desarrollan en función de su colaboración armónica al resto del organismo. En los animales el órgano inteligente también colabora sinérgicamente al bienestar global del organismo, buscando alimento, refugio, etc. Sin embargo, en el Hombre la función inteligente ha especializado una forma original y poderosa de inteligencia, la mente racional, que le permite procesar conceptos de manera secuencial y lógica, pero pagando un alto precio: disociarse de la realidad biológica que la sustenta. El ser humano sabe que es inteligente. Ser consciente de su inteligencia es un atributo del ser humano, y como es algo que ya sabe, no ha tenido necesidad de definirla, de conocerla. No ha tenido que percibirla sensorialmente, como a cualquier otro objeto, para ensomatizarla e incorporarla al resto de conocimientos. Esta es la paradójica situación del estudio de la inteligencia. Al no hallar otra inteligencia similar a la suya en la Naturaleza, la Humanidad ha considerado siempre que aquella es una facultad reservada exclusivamente a los seres humanos. “Si habla, es inteligente”, parece ser la norma no escrita. Si tropezamos con un ave tropical que repite palabras sin sentido nos cuesta creer que no sabe lo que está diciendo, que no tiene inteligencia. Por otro lado, nada tiene de extraño que a los primates o cetáceos se les pueda adiestrar para establecer diálogos con sus entrenadores o cuidadores. Tal vez para estos animales sólo sea una especie de juego, pero es que precisamente el desarrollo de la inteligencia pasa por juegos de asociaciones, condicionamientos, aprendizajes y simulaciones que serán de utilidad al individuo en un momento dado. |
| TEORIA TERMODINÁMICA DE LA INTELIGENCIA |
| El estudio de la inteligencia y las implicaciones que conlleva es de una importancia trascendental. Debemos recordar que el precio que está pagando la Vida en este planeta a causa de la fe ciega de la inteligencia racional en sí misma es enorme. Desde luego, la aparición y desaparición de individuos y especies ha sido constante en el tiempo; es el destino de los seres vivos el morir. Con las primeras civilizaciones comenzó el horror del error, la persecución, explotación y sacrificio de seres humanos por sus semejantes. Y aunque las etapas de obscuridad ya han sido superadas, nunca se había visto tanto sufrimiento gratuito, tanta corrupción obscena y tanto despilfarro innecesario de recursos desde que la élite de la especie humana se ha desentendido emocionalmente de su entorno biológico y sueña con un mundo de asfalto, acero y vidrio, donde la incertidumbre política se reduzca a cero, las perspectivas de crecimiento sean ilimitadas y los índices económicos no dependan de factores fuera de su control. Por desgracia, estos “sueños de la razón” se han convertido ya en el guión a seguir por la Humanidad en las próximas generaciones. El tópico se presenta absolutamente real: No participar activamente en la solución nos coloca automáticamente en el lado del problema. Es responsabilidad de todos contribuir a cerrar esta etapa de nuestra evolución e impedir que la mera lógica del progreso material a cualquier precio, espejismo de una cultura racionalista desbocada, siga siendo la principal motivación de la sociedad. Se necesita una nueva educación que no excite la competición sino la cooperación, una cultura de la inteligencia que no invite a la depredación sino a la empatía y la conservación. Una cultura de amor a la Vida y a la Verdad, cualquiera que sean y donde se encuentren. Una cultura donde la libertad, la igualdad y la fraternidad sean objetivos absolutamente prioritarios. Una cultura, en definitiva, donde la inteligencia no sea un mero juguete sino una útil herramienta, y la sabiduría no sea una extravagancia sino el mayor tesoro a que se pueda aspirar |
| (c) 2003 Miguel J. Becerril |